miércoles, 16 de abril de 2014
Nadie resiste un archivo
jueves, 27 de septiembre de 2012
Los extranjeros
jueves, 23 de septiembre de 2010
¿Para qué sirven las ONG?

domingo, 21 de marzo de 2010
Causalidad vs. casualidad

viernes, 8 de enero de 2010
Ser lo que se puede
“No tengo lo que quiero, pero quiero lo que tengo” decía con simpleza y buen filete el paragolpes de un humilde camión que esperaba como yo que cambiara de color el semáforo. Esa frase sintetiza muy bien lo que solía decir mi abuela en el sentido de que entendiéramos, aceptáramos y valoráramos lo que hubiésemos conseguido, sin perder de vista los deseos, de lo contrario viviríamos frustrados. Y pienso en Argentina, en el puesto 38° a 40° del mundo en varios indicadores de nivel de vida (bienestar, prosperidad, salud). Cuando les pregunto a mis amigos dónde piensan que estamos, me tiran: y… 70 u 80). Es decir, si hay 190 y pico países en el mundo, Argentina ocupa holgadamente el primer tercio, no está mal, pero para nuestra percepción de lo cotidiano está horrible. Suponemos que nuestro destino es estar entre los diez primeros. Algunos idiotas sostienen que llegamos a ser el sexto país del mundo (en PBI), y cuando me lo dicen les pido que se fijen cómo estaba la distribución del ingreso, que lean el informe Bialet Masse y cosas por el estilo. Porque, en definitiva, qué es lo que importa de la vida: el sentir que podemos satisfacer nuestros deseos sin que eso signifique atroces sacrificios (los hombres no necesitamos tantos objetos para vivir, pero sí necesitamos afecto). Sin embargo, atacan de nuevo: por nuestros recursos naturales deberíamos ser una potencia mundial y vivir como duques. Entonces, contraataco: los países africanos deberían liderar ese ranking, hasta diría que muchos de ellos tienen más y mejores recursos que los que poseemos. Como decía mi abuela: por no querer aceptar cómo somos, pretendemos, en una absurda competencia, ser lo que no podemos ser. ¿Por qué no podremos ser aquello que creemos que deberíamos? Hay muchas razones, creo que la principal es que quienes tienen el poder real en nuestro país no les interesa el desarrollo humano, el actual status quo satisface en exceso sus necesidades. La cultura, entendida como forma de acción, se traslada desde el poder. Cuando el poder se corrompe, los ciudadanos nos corrompemos, porque el poder siempre instaura las reglas del juego, y enseña la manera de manejarse para sobrevivir (y si no, remitámonos a un grupo familiar). Entonces habría que ver quién tiene el poder real y cómo lo usa. ¿Cómo se han comportado en general nuestros gobernantes, nuestros jueces, nuestros empresarios, nuestros militares, nuestros religiosos, nuestros maestros o cualquier otro líder de toda calaña? ¿Nos enseñaron a trabajar en equipo? ¿Nos enseñaron el valor de lo colectivo? ¿No enseñaron que el Estado es una propiedad común y no un botín que financian los “tontos” que trabajan? ¿Nos enseñaron a no enriquecerse a costa del empobrecimiento del resto, pagando salarios que no alcanzan para una vida digna? ¿Nos enseñaron a despreciar la doble moral, condenando al Viejo Vizcacha sin festejar sus ocurrencias? ¿Nos enseñaron a valorar a quien se distinguía por sus méritos? ¿Nos enseñaron a que el sentido común no tiene ideología? ¿Nos enseñaron que un rol de liderazgo es una responsabilidad antes que un privilegio? ¿O solo lo hicieron a nivel discursivo? Qué largo me fui hoy, es que (debo reconocerlo) el tema por su complejidad además de excederme (como siempre, maldita sea), merece más lata. En síntesis: quiero decir que para tranquilizarnos un poco y dejar de vivir en este estado de “país de mierda”, propongo revisar el apotegma sanmartiniano y en lugar de repetir aquello tan terminante de “serás lo que debas ser, o no serás nada”, decirnos con cierta complacencia: “serás lo que puedas ser, o no serás nada”. Y además: ¿cómo se sentirán los habitantes de los países que en los rankings de bienestar (como Brasil y Chile, por citar algunos) vienen detrás de nosotros? Tal vez habría que revisar, si es que existe, algún índice de autosatisfacción, en ese seguro que estamos coleros, o uno de autodenigración, donde sí arañaríamos los primeros puestos.
domingo, 15 de noviembre de 2009
Seguidores y leones
Me causa gracia -entre tantas cosas- escuchar los nombres que dan a los seguidores de algunos líderes (kirchneristas, macristas, menemistas, alfonsinistas, lilistas, duhaldistas). Tengo la sensación de que ya no hay más devotos de líderes y que esas filiaciones son efímeras, duran lo le dura el "poder "de quien se puso a conducir. Que el uso de esos términos hoy es una rémora de nuestra cultura caudillesca, militarista, patriarcal, que se pretende perpetuar a través de los medios. Es decir, no se asume que alguien sea afecto a un idea o fomar parte de un equipo, no, debe estar identificado con una persona, ser el seguidor, el perro fiel. Y en realidad, hay personajes en la política -por ejemplo- que fueron tomando distintos gentilicios a lo largo de su militancia.Y si se me permite ser conspirativo: hay un acuerdo explícito o tácito entre los poderosos acerca de cómo deben ser las cosas, cómo debe ser la vida en sociedad, el tipo o la mina que quieren que seamos: una manga de idiotas felizmente sometidos, incapaces de detenerse en las trampas de las partidas que generan tantas injusticias y contradicciones.
Nuestros políticos solo tienen cierto marco de acción que les dura mientras (como decía alguien que prefiero olvidar) no le pisen los huevos al león o le pianten la mina que los deja gozar.
Y los leones tienen sus voceros, sus ideólogos, sus gerentes. Algunos intencionados, otros, tan precarios (por no usar otro término) que hasta ignoran que lo son.
Recomiendo un video: "La historia de las cosas" del que me cuesta compartir su costado ecologista (que es otro tema del que hablaré más adelante en mi siempre intención de opinar con descaro) pero que hace mención a ciertas cuestiones como estas que me atrevo a plantear.
jueves, 29 de octubre de 2009
Racismo canino
Y uno como un tarado dice de tal o de cual, o suele hacer el viejo chiste "pp, puro perro" y espera ver la sonrisa del otro, o decir con cierta vergüenza: "mestizo nomás".
Estamos sublimando los restos del racismo humano con los perros. ¿Cuál es la importancia de la raza de un perro? ¿Qué es importante de un perro? Me dirán que a través de esa pregunta nuestro interlocutor sabe de su aspecto, de su tamaño y hasta de su carácter. ¿Y? ¿para qué querrá saberlo? Si el perro es mío. Salvo que quiera saber si gasté algún dinero (mi situación económica), de mis preferencias estéticas, si tengo ovejas o soy policía, y de allí pueda sacar alguna conclusión sobre mí. No sé, se me ocurre que luego deja de ser mi amigo, o deja de visitarme. Otra razón que defienden los que quieren saber de razas de perros es conocer si mi perro será feroz. Dicen que hay razas más feroces que otras (rotwaillers, dogos argentinos, dobermans). Pero eso es como pensar que las razas humanas son más aptas para algunas cosas que para otras. Que los orientales son mejores para meditar o los negros para los deportes. Como si todo eso no dependiera de la cultura y no de un carácter biológico. Es decir, mi perro será feroz de acuerdo a cómo lo crie y no por su raza. ¿O nunca fue tarasqueado por un cuzco?
El único motivo por el cual alguien puede interesarse por la raza de mi perro es por un residuo segregacionista en su cabeza. Aunque a ese alguien nunca se le hubiera ocurrido. He dicho.

